No fue la primera bici de Specialized, pero sí la más importante
Existe la creencia generalizada de que la trayectoria de Specialized como constructor de bicicletas arrancó con la Stumpjumper. Sin embargo, la realidad de la firma californiana es bien distinta. Cuando Mike Sinyard fundó la empresa en 1974, su actividad comenzó con la importación y distribución de componentes italianos de marcas consolidadas como Cinelli o Campagnolo, difíciles de conseguir por entonces en Estados Unidos.
El paso hacia el desarrollo de producto propio no tardó en llegar: en 1976 introdujo su primera cubierta para cicloturismo, la Touring, seguida en 1978 por la Turbo de aro plegable. Pero para dar el salto definitivo a los bicicletas completas, la marca no miró al monte Tamalpaís, donde se estaba viviendo la época de los Klunkers y la carrera Repack, sino al asfalto.
A finales de la década de 1970, Sinyard se asoció con el diseñador y constructor californiano Tim Neenan para concebir las dos primeras bicicletas completas de la marca. Así nacieron en 1979 la Specialized Allez y la Specialized Sequoia. Conscientes de las limitaciones de la industria local para fabricar con tolerancias estrictas a costes competitivos, trasladaron la producción a Japón, país que dominaba la soldadura de racores y el tratamiento térmico del acero. Los primeros cuadros de Specialized salieron de talleres de referencia como 3Rensho, bajo la supervisión de maestros como Yoshi Konno, empleando tuberías de acero al cromo-molibdeno procedentes de fabricantes como Tange e Ishiwata.

Ambos modelos cubrían dos filosofías de ciclismo bien diferenciadas sobre el asfalto. La Allez presentaba una geometría compacta, ángulos cerrados y una rigidez orientada a la competición pura en carretera. Por su parte, la Sequoia apostaba por vainas más largas, un paso de rueda superior para montar neumáticos de mayor sección y una estabilidad pensada para largas jornadas sobre asfalto degradado o pistas de tierra compacta, anticipando de forma funcional lo que décadas más tarde se consolidaría bajo la etiqueta del gravel. Ambas demostraron la solvencia del tándem Neenan-Sinyard en el diseño de geometrías equilibradas.

Mientras tanto, en el norte de California, el fenómeno de los descensos fuera del asfalto cobraba fuerza. Entusiastas locales modificaban viejas bicicletas de paseo de los años 30 y constructores artesanales como Tom Ritchey o Joe Breeze comenzaban a soldar los primeros cuadros específicos para montaña. Sin embargo, aquellas bicicletas se construían de manera unitaria, a mano, y con precios fuera del alcance de la mayoría de aficionados. Tim Neenan analizó esas geometrías emergentes y diseñó un prototipo adaptado a las exigencias del terreno, pero concebido para ser producido con métodos industriales.
Sinyard apostó por el proyecto y repitió la fórmula que tan buen resultado había dado con la Allez y la Sequoia: encargar la producción en serie a la industria japonesa. Con tubos de acero de cromo-molibdeno soldados con racores y aleación de plata, un grupo mixto de 15 velocidades con cambio Suntour ARX, frenos cantiléver de cicloturismo combinados con manetas de motocicleta Tommaselli y ruedas de 26 pulgadas, nacía en 1981 la Specialized Stumpjumper. Las primeras 250 unidades se agotaron de inmediato a un precio de 750 dólares.

La Stumpjumper no fue la primera bicicleta fabricada por Specialized, pero sí la que definió el rumbo de la compañía y del sector ciclista a nivel global. Al aplicar la precisión industrial japonesa a un concepto hasta entonces restringido al ámbito artesanal, permitió la expansión del ciclismo de montaña como disciplina reglada y accesible. Su influencia técnica y comercial (no hay que olvidar el famoso eslógan de su anuncio "No es sólo una nueva bicicleta, es un nuevo deporte") fue tal que un ejemplar de aquella primera serie descansa hoy en la colección permanente del Museo Smithsonian en Washington, como testimonio del momento exacto en que la bicicleta de montaña se convirtió en un estándar universal.
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J. Daniel Hernández
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