"CicloPirineismo" en Punta Suelza

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autor mtbpro Redacción
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fecha22/10/2013


Si no habéis seguido las aventuras de nuestro amigo Eduardo Cos ("Los Pirineos son para el verano") en los últimos números de MTBpro merecéis un castigo duro y severo. Pero como en el cole... si no habéis leído el libro (o la revista) siempre os quedará la peli para hacer los deberes y el examen. Eso sí, en este caso, la película es tan buena como el libro (o la revista).

Como somos buena gente os dejamos un extracto del reportaje "Rutas de Altura" del nº10 de MTBpro en el que Eduardo nos habla de la increíble travesía que podéis ver en el vídeo:

Vuelta a Aínsa

por Eduardo Cos

Pasé las primeras dos semanas de mi viaje en Aínsa y prometí volver. Pues bien, aquí estoy. Martín Campoy, el guía y productor de vídeo del que te hablé más arriba vive en Torrelisa, a la sombra de la Peña Montañesa, así que me traslado a Aínsa una vez más para terminar los preparativos de la ruta que emprenderemos mañana por la tarde. 

Durante los últimos días he estado en contacto con Martín vía «wassap» y me ha pasado una lista de todo lo que no debería faltarme en la expedición. Comida, saco de dormir, aislante, ropa térmica e impermeable… deberán ir acomodados en la mochila de 22 litros de la que dispongo. Una vez que tengo todo decido hacer una salida de prueba, quiero estar seguro de que cuando empecemos la ruta todo vaya bien. 

Esto me sirve para hacer una ruta mítica de la Zona Zero que no había completado en mi estancia aquí, la Coasta. Esta ruta sale de Boltaña y en mi ritual visita a la fuente del pueblo para llenar el camelback me encuentro a Oriol Morgades. Oriol es el autor de la web Pirenaicas y unos de los riders más cañeros de la zona (es aquel rider local del que te hablaba en mi primer artículo y que ganó la Fox Enduro Race). El caso es que tiene predilección por estas rutas de «altura». Conversamos unos minutos, Oriol conoce a Martín y ha realizado varias de estas rutas con él. Si algo me queda claro de nuestra conversación es que estoy en buenas manos y que lo voy a pasar en grande. 

Completo la ruta de la Coasta y compruebo que todo va bien, rodar con una mochila tan pesada no es nada cómodo pero nadie dijo que lo sería. Hago la ruta con los pedales de plataforma de la bici de descenso y un par de zapatillas de trekking. Es mi solución al problema con las zapatillas de bici al andar, evidentemente no subo igual de bien que lo haría con automáticos, pero a la hora de andar no sufriré dolores y contaré con una suela más apropiada.

DÍA D

El día D ha llegado, por fin esta tarde conoceré a Martín y partiremos hacía Punta Suelza, la montaña que pretendemos conquistar. Empezaremos nuestra ruta por la tarde, para llegar a dormir al Refugio de Urdiceto. Desde allí por la mañana salvaremos un desnivel de unos 600 metros con las bicis al hombro hasta conquistar la cima de Punta Suelza (2.972 m) Desde la cumbre nos espera un descenso de 1.900 metros hasta Bielsa.

Paso la mañana haciendo y deshaciendo la mochila hasta estar seguro de que lo llevo todo. Una vez que estoy listo salgo hacia Bielsa, el punto de partida de nuestra ruta y donde he quedado con Martín. En la puerta del camping donde he quedado conozco a Dani, un amigo de Martín que nos acompaña en esta ruta. Dani es natural del vecino Valle de Chistau y un auténtico hombre montaña. En invierno ejerce de profesor de esquí y en verano le da a todo lo demás. Mientras esperamos a Martín me explica en qué consiste la subida hasta el Ibón de Urdiceto, donde pasaremos la noche. «Se trata de una pista forestal de unos 11 kilómetros que nos lleva hasta el mismo refugio. No tiene gran dificultad técnica pero serán unos 1.300 metros de desnivel”. 

Conforme voy conociendo datos de la ruta me voy dando cuenta de lo bien que se adapta a mis condiciones y a lo que le propuse a Martín en nuestra primera conversación telefónica. Todavía no lo he conocido y ya me ha ganado como guía. 1.300 metros de ascensión se encuentran más o menos en mí límite (sobre el cual Martín me había preguntado) siempre que hablemos de una dificultad técnica media o baja. Además al salir por la tarde haremos noche en un refugio (como le pedí) pero sin que Martín tenga que usar dos días de su preciado tiempo. Martín anda metido en varias cosas, a su labor de guía en Senderos Ordesa hay que sumar la de llevar adelante su propia productora y además ser el «embajador» de la marca de fat bikes Sandman en España. Por si fuera poco, ha sido padre recientemente, lo cual sumado a lo demás nos hace no tenerle muy en cuenta el retraso con el que llega.

Por fin Martín aparece y en un minuto descarga su bici y la de Dani de la furgoneta, mientras prepara sus cosas no puedo evitar saltar sobre una de las Sandman y darme una vuelta por el aparcamiento. Lo primero que siento al dar unas pedaladas es que las ruedas gordas no ofrecen tanta resistencia como me esperaba y que al dar unos saltitos sobre el sillín la bici se hunde y vuelve a su sitio como si dispusiera de una amortiguación trasera de corto recorrido. La intención de Martín era que yo llevara una Sandman también en esta ruta y yo estaba encantado con la idea, pero las unidades que está por recibir no han llegado a tiempo y haré la ruta con mi Foxy.

Por fin empezamos a pedalear y lo primero que se hace evidente es que llegaremos de noche al refugio. No pasa nada, tenemos linternas frontales y mis amigos conocen la zona de sobra. De repente esta ruta  se convierte en mi primera nocturna además de mi primera cicloalpinística. Los primeros kilómetros de ascensión son algunos de los más duros de la subida, pero me siento bien, tengo esa sensación de poder subir lo que me echen... A los diez minutos se cumple la advertencia de Martín y los riñones empiezan a arderme. La mochila va a tope y eso se nota, además no puedo evitar que haga un balanceo incómodo y me cuesta mantener el equilibrio. Pero no pasa nada, me pongo a rueda de Martín e intento concentrarme en reducir el balanceo y descargar un poco la espalda irguiéndome en la medida de lo posible. Recibo de golpe la primera lección, la mochila se nota y mucho.

Poco a poco me voy sintiendo mejor, el cansancio se va acumulando, pero he conseguido evitar el dolor de riñones y así vamos avanzando hasta que se hace de noche y empieza a hacer frío. Estamos a mitad de ascensión y hacemos una parada para abrigarnos, sacar los frontales y comer algo. Todavía nos queda un buen rato de subida y, a pesar de los frontales, el avance se hace más penoso al no contar con la referencia visual, esa sensación de avance que te da el ver las cosas cada vez más grandes. Siguiendo la rueda de las Sandman me doy cuenta de una de sus virtudes. La rueda trasera se va amoldando a los obstáculos y la bici no pierde tracción en casi ningún momento. La pista es fácil pero está llena de piedra suelta y el avance de las Sandman es imperturbable, mientras, mis finas ruedas luchan por mantener la línea recta cada vez que piso una de esas piedras. 

Llevamos dos tercios de subida y entro en el terreno del sufrimiento. Pero sufrimiento del bueno, de ese que te hace sentir que estas superando un reto, superando tus límites. Al mismo tiempo empiezan a fallarme las fuerzas y la cabeza, el ir rodeado de oscuridad me confunde, me hace tener la sensación de que no avanzo. Pero solo hay una opción, bajar la cabeza, dar pedales y seguir adelante. Para variar soy el más flojo del grupo. Martín parece incombustible, Dani le sigue como puede y yo me voy quedando un poco atrás. A ratos me esperan, avanzamos unos metros a pie, consultamos el mapa y seguimos adelante, el Collado de Urdiceto ya debe andar cerca.

Al fin la brisa nos golpea de frente y evidencia nuestra llegada al collado, pocos metros más adelante encontramos nuestro refugio. Y menudo refugio. En mi imaginación nos veía pasando la noche al raso, sobre el incómodo aislante y no pegando ojo en toda la noche. Por suerte me equivoco. El dormitorio cuenta con camas que parecen nuevas y en las que descansaremos de verdad. El comedor tiene hasta una estufa de leña y unas mesas y bancos casi nuevos. Vamos, que estamos como en casa. Después de preparar las camas e ir a buscar agua nos acomodamos en el comedor y nos disponemos a dar cuenta de la cena. 

La verdad es que en la cena lo pasamos en grande. Martín nos cuenta una y mil historias sobre las carreras y aventuras que ha corrido a bordo de su Sandman. Desde carreras invernales en Canadá o Suecia hasta la Maxiavalanche del Alpe d’Huez o la mítica Iron Bike.

La verdad es que Martín tiene un currículum ciclista y viajero para estar hablando horas. Y efectivamente, entre historias, sándwiches, tortillas de pasta y tes calientes las horas pasan volando y nadie tiene ganas de irse a dormir. 

Al final nos vamos a dormir bastante tarde y por la mañana nos hacemos un poco los remolones. En estas camas se está de lujo y encima se escucha el rugido de un fuerte viento ahí afuera. Al final conseguimos levantarnos y salimos al exterior para comprobar que dicho viento no es tan fuerte y que en realidad hace un día perfecto. 

BICI AL HOMBRO

Desayunamos y preparamos las mochilas. Lo primero de lo que me doy cuenta es de que la mochila pesa bastante menos que ayer. Entre la cena y el desayuno le he quitado por lo menos un par de kilos. Los primeros metros de ascensión los hacemos en bici, pero pronto se hace evidente que esta será una mañana de patear y portear. Rápidamente le cojo el truco a lo de llevar la bici al hombro. La verdad es que consigo una posición en la que voy bastante cómodo. Apoyando el tubo inferior del cuadro en mi hombro derecho y agarrando las botellas de la horquilla, consigo mantener un buen equilibrio y avanzar sin problemas. 

Y así, poco a poco, a pasos cortos y ritmo lento, el refugio va quedando cada vez más abajo. Estoy tan ilusionado por lo que estamos consiguiendo que casi no noto el cansancio y solo paro cuando el hombro empieza a dolerme demasiado. Cada vez que paro el paisaje es más impresionante, escalamos con Francia a nuestras espaldas y con el macizo del Posets a nuestra izquierda. Las vistas son sobrecogedoras, pero nada comparado con lo que nos espera más arriba.

Tras algo más de una hora alcanzamos el collado que separa nuestra cumbre de la de Punta Fuesa. A nuestra izquierda distinguimos perfectamente la arista cimera de Punta Suelza y el camino que discurre en diagonal a media ladera y nos llevará hasta la cumbre. Tomamos un bocado mientras conversamos con dos alpinistas que vuelven precisamente de la cima y que no dan crédito a que hayamos subido aquí con nuestras bicis. Nos informan de que lo que queda hasta la cima no tiene mucha dificultad y efectivamente el resto de camino lo hacemos empujando en vez de porteando, incluso nos permitimos dar unas pedaladas.

Todavía nos cuesta unos 45 minutos alcanzar la cima, los últimos metros se hacen interminables, la cima se ve lejísimos y mis compañeros han vuelto a poner metros de por medio, pero solo tengo que girar mi cabeza unos grados para que la sonrisa se vuelva a dibujar en mi cara.

Ahora sí, estoy en la cima, 360 grados de aire y montañas me rodean. 

Al ser una cumbre bastante aislada, Punta Suelza supone una atalaya perfecta. Dani y Martín, que conocen la zona a la perfección, enumeran cumbres y valles, son capaces incluso de distinguir algunos pueblos que yo soy incapaz de ver. Frente a nosotros se encuentra el Valle de Pineta, con las cumbres del Monte Perdido y el Cilindro al fondo, más lejos se ven la cimas del Vignemale y el Midi d’Ossau. A nuestra espalda, el macizo del Posets y más al sur el Valle de Gistaín y las paredes que se elevan sobre Plan, el pueblo de Dani. Martín me habla de la vuelta al Posets (la ruta que espero hacer pasado mañana con Edu Matamoros), «una de las rutas más bonitas que puedes hacer en los Pirineos y también una de las más duras». Me pregunto si un día de descanso será suficiente para recuperarme de esta ruta y completar con éxito la siguiente.

Nuestro tiempo en la cumbre se agota y es el momento de emprender el descenso. La sensación de euforia e ilusión es indescriptible, nos esperan 1.900 metros de desnivel y no sé cuántos kilómetros. Empezamos con unos tramos de puro freeride, bajamos por un pedregal  que cede ante el peso de nuestra bici y hace derrapar ambas ruedas. Pese a la precariedad del terreno me encuentro a tope de adrenalina y confianza y todo me sale bien.

Más tarde llegamos a una zona de tierra roja donde la pendiente suaviza un poco y podemos hasta coger algún salto natural. Aquí encontramos el sendero por el que bajaremos hasta el famoso Collado de la Cruz de Hierro. Este es el punto perfecto para echar un vistazo atrás, desde aquí vemos perfectamente la línea que hemos seguido en nuestro descenso y la magnitud de «nuestra» montaña, que desde esta perspectiva se ve preciosa.

Lo de nuestra lo digo porque en este punto Martín nos informa de que según cree él esta ha sido el primer ascenso/descenso de esta montaña en bici. En total han sido 800 metros de descenso hasta ahora, desde este collado hasta Bielsa nos esperan otros 1.100 por el sendero GR 19.1. Los kilómetros pasan y esto parece no tener fin, esa era una de las cosas que buscaba en el cicloalpinismo, los descensos sin fin.

El sendero fluye por la parte abierta del valle para luego adentrarse en el bosque. En este punto donde el sendero se hace más pedregoso Martín se detiene y me insta a que pruebe la Sandman: «Aquí es donde te darás cuenta de lo bien que va»... Intento recordar sus palabras de anoche, cuando intentaba describirme las peculiaridades de las ruedas gordas a la hora de rodar en terreno rocoso. «La Sandman te pide que afrontes los obstáculos de frente, olvídate de intentar esquivar las piedras, atácalas y verás cómo la rueda se las traga sin que la bici pierda la línea».

Es verdad, con una fe total en sus palabras me lanzo sendero abajo como un poseso, trazando líneas rectas por encima de todo lo que se me pone delante. Tengo la sensación de ir flotando y las esperadas sacudidas provocadas por tanta piedra suelta simplemente no aparecen. Tengo que decir que, a falta de probar la Sandman a fondo, el concepto de rueda gorda me ha sorprendido muy gratamente. Al volver a la Foxy noto también los contras de la rueda gorda, las reacciones son más lentas, la Sandman se siente más pesada a la hora de entrar en las curvas, pero aun con eso la verdad es que me ha conquistado. 

Me gustaría contarte que la bajada acabó sin incidentes y que llegué al bar con una sonrisa de oreja a oreja en mi cara, pero no es así. Nada más volver a la Foxy me calzo una buena hostia... Salgo por orejas en una zona de piedras grandes y por suerte aterrizo en una zona limpia. Sin embargo, la bici no ha tenido tanta suerte y parto de cuajo la bomba del freno trasero. Nos miramos con cara de preocupación pues todavía quedan unos cinco kilómetros de sendero y todo parece indicar que tendré que hacerlos a pie.  Sin embargo, con ayuda de unas bridas, Martín me hace un apaño de emergencia y, aunque con dificultades, consigo llegar abajo. 

Al llegar al bar del camping comprobamos que han pasado veinticuatro horas desde que salimos hacia Punta Suelza y, con unas jarras de cerveza bien fría, celebramos nuestro éxito. A estas alturas ya se me debería de haber pasado el mal rollo de la caída, pero sigue ahí. No es solo esa sensación de «pa habernos matao» que nos deja a todos un poco pensativos después de una caída. Es que sé que lo voy a tener chungo para acudir a la cita con Edu Matamoros para hacer la madre de las rutas de cicloalpinismo. 

Efectivamente, al día siguiente no tengo ni las fuerzas ni los recursos para solucionar el problema de mi bici. Así que, desoyendo a la vocecita que en mi interior me dice que haga la ruta con el invento de Martín, opto por la prudencia y desisto

Y esto solo significa una cosa, que hasta aquí llega mi aventura. Un poco al estilo Forrest Gump, me paro de golpe, subo a la furgo, arranco y pongo rumbo sur. Estoy cansado, vuelvo a casa. Así que, como siempre, me gusta mirar las cosas desde un punto positivo, decido que hacer esa vuelta al Posets que me queda pendiente se convierta en mi razón para volver a los Pirineos.

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