#ClassicMTB: Fiascos tecnológicos de la historia del MTB
En los años 90, en plena expansión del mountain bike a nivel deportivo y comercial, las marcas parecían tener un cheque en blanco para diseñar todo tipo de componentes. Aquella era dorada nos dejó bicicletas con una personalidad arrolladora y grandes avances que sentaron las bases del deporte actual. Sin embargo, en esa loca carrera por diferenciarse, el proceso de prueba y error también nos obligó a sufrir inventos desastrosos. Entre falta de calidad, fallos graves de diseño o ideas simplemente absurdas, los usuarios tuvimos que lidiar con bastantes marrones. En este nuevo vídeo de Classic MTB echan la vista atrás para repasar, con una sonrisa y sin acitud, algunas de las pifias más sonadas de la época.
Las suspensiones centraron gran parte de las apuestas, pero también algunos de los fracasos más sonados. Antes de la popularización de las horquillas, aparecieron soluciones como la potencia Girvin Flexstem o la Softride, que utilizaban elastómeros o muelles dentro del propio componente. La realidad es que ver el manillar pivotando descontroladamente no evitaba que la rueda encajase los golpes, provocando que más de uno saliera disparado por encima del manillar al primer impacto serio. Poco después llegaron las horquillas, pero no todas con éxito. La infame Scott Unisock (1993-1996), que apenas ofrecía 25 mm de recorrido, terminó convertida en un peligro público al separarse las barras de las botellas, provocando cientos de accidentes y obligando a retirar miles de unidades del mercado.
Incluso fabricantes consolidados como RockShox tropezaron al abandonar el sistema de aire y aceite para apostar por los elastómeros y los cartuchos hidráulicos de plástico en la primera generación de la mítica Judy de 1994. Estos cartuchos reventaban a las primeras de cambio, provocando una marea de garantías e insatisfacción. Y es que el uso del elastómero como elemento amortiguador demostró ser una mala idea en casi todas sus aplicaciones: las gomas se deformaban rápidamente, se endurecían con el frío, se ablandaban con el calor y sufrían horrores si entraba agua o barro. El despropósito llegó a su cumbre cuando a la marca Onza se le ocurrió sustituir los muelles de sus pedales automáticos H.O. por estos bloques de goma, dejando una larga colección de heridas en las rodillas de quienes veían cómo los pedales se desenganchaban involuntariamente o se bloqueaban por completo.

El puesto de mando y las transmisiones tampoco se libraron de la experimentación fallida. Mandos giratorios como los Gripshift SRT800 X-Ray de 1995 destacaron por una carcasa transparente tan bonita como frágil que se agrietaba con facilidad y que quedaba inutilizada en cuanto el barro se colaba en su interior. Por su parte, Shimano intentó revolucionar el mercado con conceptos poco prácticos, como el cambio invertido Rapid Rise o los controversiales mandos Dual Control de 2003. Estos últimos integraban el freno y el cambio en una misma palanca articulada en varias direcciones, provocando que al intentar frenar en un tramo bacheado y lleno de piedras terminases cambiando de marcha de forma involuntaria.

Para rematar el cuadro, varios fabricantes sufrieron serios quebraderos de cabeza al experimentar con nuevos materiales. Cannondale tuvo que recurrir a soluciones muy improvisadas para evitar que las láminas de carbono de la carísima Raven se despegasen de su espina de magnesio, mientras que marcas como Alpinestars o Manitou vieron cómo cuadros enteros de aluminio se fisuraban sistemáticamente por la pipa de dirección o el pedalier. Sin embargo, si hay un icono que refleja esta paradoja entre deseo y fragilidad es la mítica rueda trasera Tioga Disk Drive. Con un precio desorbitado cercano a las 100.000 pesetas de la época y una estética inolvidable, su tendencia a destruirse tras pocas horas de uso intenso la convirtió en el mayor ejemplo de lo que pudo ser y no fue en la era dorada del MTB.

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Redacción




